'El montaplatos' de Harold Pinter sube a escena en el Matadero de Madrid de la mano de Animalario

Una puesta en escena minimalista y efectiva: dos tribunas de butacas a cada lado; en el centro, el escenario, en el que tan sólo hay dos camastros; dos puertas al fondo; butacas, suelo y paredes cubiertas por plástico negro que esconden el montaplatos que da nombre a la obra. Sobre el escenario dos únicos actores: Guillermo Toledo y Alberto San Juan, excepcionales, de una naturalidad que no había visto jamás en teatro, sin declamar, parece que realmente viven lo que representan. Sin apenas variaciones (tan sólo algunos ajustes geográficos para darle más verosimilitud), la compañía Animalario lleva a escena en el Matadero la obra El montaplatos de Harold Pinter. La obra en sí es sobresaliente, la puesta en escena que hace Animalario hace justicia a una obra imprescindible del teatro moderno.Dos hombres esperan en un sótano instrucciones, se trata de un trabajo más, son dos sicarios que deben matar sin preguntar, sin preguntarse siquiera nada a sí mismos. Pasan el tiempo como pueden, durmiendo, leyendo y comentando noticias del periódico, hasta que les llegue la orden. Parece que va a ser un trabajo más, cuando repentinamente, comienzan a llegarles absurdos pedidos de comida a través del montaplatos del sótano donde se encuentran. Será el momento de decidir si seguir obedeciendo ciegamente o si plantearse algo más. Alberto San Juan representa el papel de ser sumiso, que acata las órdenes sin rechistar, si le dicen algo lo cree ciegamente, ya lo demuestra mientras lee las noticias del periódico y, sin vacilar, afirma que han de ser verdad: “blanco sobre negro” dice, cómo dudar de ello. Por su parte, el personaje de Guillermo Toledo busca más allá de lo aparente, se pregunta cosas, se las pregunta a su compañero, busca ver más allá de lo que otros le dicen que es verdad. Una obra que sigue estando de actualidad, el conflicto entre el individuo y cualquier clase de poder opresor. ¿Nos creemos las mentiras que nos cuentan, obedecemos ciegamente, o tenemos criterio? El final de la obra, impactante, opresivo, abierto a que cada uno decida si realmente vale la pena rebelarse: si la rebelión está en marcha o si sólo somos una pieza más de ese gran engranaje de poder que mueve (y destruye) el mundo.El autor de la obra, el británico Harold Pinter (1930-2008), fue galardonado en el año 2005 con el Premio Nobel de Literatura. Sus primeras obras de teatro han sido enmarcadas dentro del teatro del absurdo, fuertemente influenciadas por el genial dramaturgo irlandés Samuel Beckett, autor de Esperando a Godot. Posteriormente, sus obras irían tomando un cariz más político, como instrumento de denuncia ante los abusos de poder. Su activismo no ha sido solo literario, ha denunciado entre otras causas las torturas a la población kurda en Turquía, ha sido crítico con los bombardeos de Kosovo autorizados por la OTAN, se opuso a las invasiones de Afganistán y de Irak, y, junto a otros judíos, decidió no aceptar la ciudadanía israelí para condenar los abusos contra la población palestina. La obra de Pinter invita a la reflexión, él pone el escenario, los personajes y la situación, pero somos nosotros los que debemos hacernos las preguntas y responderlas.

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