'La librería ambulante' de Christopher Morley

Título: La librería ambulante (Parnassus on Wheels)Autor: Chistopher MorleyTraducción: Juan Sebastián CárdenasEditorial: Periférica (enero 2012)Año de publicación: 1917Páginas: 182Precio: 16,75 euros”¡Dios!”, dijo, “cuando le vendes un libro a alguien no solamente le estás vendiendo doce onzas de papel, tinta y pegamento. Le estás vendiendo una vida totalmente nueva. Amor, amistad y humor y barcos que navegan en la noche. En un libro cabe todo, el cielo y la tierra, en un libro de verdad, quiero decir”. Creo que leer un buen libro te hace modesto. Cuando uno logra ver con lucidez el interior de la naturaleza humana, cosa que te proporcionan los grandes libros, uno siente la necesidad de hacerse pequeño. Es como mirar la Osa Mayor en una noche clara o como ver el amanecer en invierno cuando uno va a recoger los huevos de la mañana. Y cualquier cosa que te haga sentir pequeño es maravillosamente buena.Pese a los bonitos fragmentos de La librería ambulante con los que abro esta entrada, me temo que esta lectura no ha estado a la altura de las expectativas que tenía de ella tras leer críticas muy favorables en otros blogs. No es que esperara una gran novela, pero sí un libro que hablara con entusiasmo del placer de la lectura y, aunque se citan algunos autores y obras famosas, y tiene fragmentos como los anteriores, realmente la historia va por otros derroteros muy diferentes, centrándose en la aventura de una mujer en la cuarentena, la señorita Helen McGill, quien se ha dedicado en los últimos años al cuidado de la granja en la que vive con su hermano Andrew y a sus labores de ama de casa. Cansada de esta vida sedentaria y de los continuos viajes de su hermano, toma una decisión inesperada cuando un día aparece por la granja Roger Mifflin con su Parnaso Ambulante, un carromato lleno de libros con el que va de un lado para otro vendiendo en granjas y pequeñas poblaciones libros. Helen compra al señor Mifflin el Parnaso con todas sus pertenencias y se lanza a la carretera para vivir su propia aventura.Erich Hartmann, Granjero descansando, Centralia, Kansas (1956) Empiezo a darme cuenta de que los libros cuyo argumento gira en torno a los libros o el placer de la lectura en sí no terminan de convencerme, ya me pasó con Firmin de Fred Savage que me decepcionó y aburrió muchísimo, y con este me ha sucedido algo similar. Buscaba un libro sencillo, sin complicaciones, un entretenimiento fácil y lo único que ha logrado ha sido descentrarme totalmente de la historia, perder el interés por él desde la primera página y tener que volver continuamente atrás porque me ponía a pensar en otras cosas. Esto, como veis, ha sido una apreciación más que personal, ya que ahora mismo, en contra de la recomendación que me ha hecho mucha gente, lo que necesito no son libros ligeros, sino libros que me exijan prestar atención, meterme de lleno en la historia. Si esta es demasiado insustancial, me disperso, me pongo a pensar en otras cosas y pierdo el hilo de la lectura. Erich Hartmann, Mujer preparando la masa para el pan, Centralia, Kansas (1956) Pero no es solo eso, de nuevo me temo que se trata de una novela sobrevalorada, con una historia bastante aburrida, en la que apenas pasa nada interesante (algo que en un libro cuyo único fin es el entretenimiento es bastante grave) y con unos personajes con los que me ha sido muy difícil llegar a conectar. La protagonista, por ejemplo, Helen McGill, no para de llamarse a sí misma vieja, gorda o simple, algo que no me ha gustado nada, un personaje que no deja de descalificarse a sí mismo solo porque sí, pierde todo el atractivo para mí. Además, un gran fallo del libro es que comienza con una carta que destripa totalmente el desenlace de la novela, así que avisados quedáis de que os saltéis la carta y no la leáis hasta el final si queréis conservar la poca intriga que tiene la novela. Por otro lado, toda la historia me ha parecido de una inverosimilitud que me desesperaba, desde lo poco creíble que es que un ama de casa tan “aburrida” y “casera” como se nos pinta a Helen McGill decida de repente comprar un carromato lleno de libros y lanzarse a la carretera, pasando por granjeros que piden a gritos leer a Shakespeare o la facilidad con la que el señor Mifflin vende libros a diestro y siniestro como si el mundo estuviera lleno de lectores empedernidos, cuando por desgracia todos sabemos que no es así. Que sería bonito, si, pero que es totalmente irreal, también. Un mundo edulcorado, lleno de personajes de buenos sentimientos, devoradores de libros, incluso unos ladrones que aparecen en la novela terminan siendo los típicos torpes y tontorrones que podrían aparecer en cualquier historia infantil.Erich Hartmann, Calabazas apiladas en una granja, New Hampshire (1954) Me ha resultado demasiado ñoño, con una historia casi inexistente y sin fuerza, personajes con los que no he conectado y por lo tanto, de los que me importaba bien poco qué pudiera sucederles y, sinceramente, muy pocas menciones realmente interesantes sobre la lectura o los libros, salvo algunas menciones a autores o frases bonitas como las que he incluido, pero sin mucho fondo. Tiene sin embargo sus puntos positivos (que en mi caso no han conseguido rebajar mi valoración negativa) como una prosa muy sencilla, capítulos cortos y una extensión bastante breve. Pero eso no basta para que una lectura sea entretenida, y para mi, La librería ambulante no lo es.Erich Hartmann, En ruta (1959) Tengo claro que a muchos os ha gustado bastante esta novela, y que quizá haya sido demasiado dura con ella, algo a lo que ha contribuido el haber elegido varias lecturas seguidas que no me decían nada. Ahora, con perspectiva y después de haber encauzado mis lecturas hacia libros más de mi estilo, pienso que es un libro que puede hacer pasar un buen rato, aunque está claro que en mi caso no ha sido así. Me faltó ese algo que nos hace conectar con un libro, además de que las historias tan fabuladas, tan amables, no suelen gustarme, prefiero otro tipo de literatura más pegada a la realidad o incluso más oscura. Aunque eso, como siempre, ya es una cuestión de gustos.

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